RSS

Viajar y Escribir (III): Papá Hemingway y Cuba

25 Oct

Hemingway_Editorial ChocolateDicen que tras el suicidio de Hemingway, su mujer ordenó cortar en pedazos la Richardson plateada calibre 12 de dos cañones con la que el autor decidió poner fin a sus días. Los restos de la escopeta asesina fueron además enterrados en lugares secretos para librarla de la furia de los coleccionistas. Corría entonces el 2 de Julio de 1961.

Pero muchos años antes, “Papá Hemingway” había conseguido lo que muchos escritores persiguen y anhelan a lo largo de todas sus vidas: un Pulitzer, un Nobel, reconocimiento internacional, codearse con las estrellas de Hollywood… y todo enmarcado dentro de un mismo país con el que sentía una conexión muy especial. Presumía que Ava Gardner se había bañado desnuda en la piscina de su casa en La Habana pero a la vez se sentía el hombre más feliz del mundo cada vez que salía a navegar con los humildes pescadores cubanos del poblado de Cojímar. De aquellas escapadas para pescar agujas nacería la inspiración para uno de sus grandes títulos, El viejo y el mar (1952).

Cuba, y en especial su Finca Vigía donde vivió los últimos 22 años de su vida, fue su refugio y el escenario donde terminaría de escribir su obra cumbre Por quién doblan las campanas (1940). Allí yacen ahora su Royal portátil, las tumbas de sus perros, unos 50 gatos y los 9.000 volúmenes que atesoró a lo largo de su vida y de los cuales García Márquez exclamaría: Qué biblioteca más rara tenía ese hombre”.

Y es que si algo tenemos en común Hemingway y una servidora (salvando las distancias literarias, por supuesto) es el amor por este país caribeño y por sus gentes. “Esa isla larga, hermosa y desdichada” diría el escritor de Cuba, pero a la vez “tan cercana, hospitalaria y decadente”, añadiría yo. Ya por los años 50, el autor era un hombre familiar en La Habana, quien diría de si mismo, “que para ser un hombre solitario tenía bastantes amigos”. En una crónica de 1949 revelaría quiénes eran sus hallegados cubanos de verdad:

“Revendedores de lotería a quienes conozco desde hace muchos años, polícias que me han devuelto con favores los pescados que les he regalado, patrones de botes de remos que han perdido la ganancia de un día sentados conmigo en el juego del frontón, y conocidos que pasan en automóvil por el Malecón y me saludan con la mano, y a los que les devuelvo el saludo, aún cuando no puedo reconocerlos en la distancia.”

Se le veía llegar al Floridita a eso del mediodía. Los que le conocían afirman que podía llegar a beber hasta una docena de daiquiríes especiales de una sentada y al marcharse llevarse en su termo “el daiquiri del camino”. Hoy si nos pasamos por este afamado local en La Habana, descubriremos un busto del escritor en la barra del bar, homenaje en vida de sus dueños y empleados, junto a una dedicatoria que reza:

A nuestro amigo Ernest Hemingway.

Premio Nobel de Literatura.

La Floridita

Hemingway_Editorial ChocolateTambién se cuenta que cuando el escritor vió por primera vez su escultura, la contempló en silencio para exclamar después a los camareros. “Yo no merezco tanto. Es demasiado honor”

La Marina Hemingway, el hotel Ambos Mundos, La Finca Vigía con el Museo Hemingway, la librería Hemingway o la Plaza Hemingway con su busto en Cojímar son todos escenarios que por una u otra razón heredaron el nombre de este genio que amo a Cuba como su propia casa, como el lugar al que siempre estuvo destinado. Se levantaba temprano con el sol de la mañana, trabajada hasta el mediodía en sus próximos escritos y solo abandonaba su labor cuando llegaba a un punto en que sabía exactamente lo que sucedería después. Al final de cada jornada, contaba y anotaba las palabras que quedaban en limpio, intentando llegar siempre a unas 500 para concluir el día con un trabajo bien hecho. Luego, se daba un baño en la piscina, comía y echaba una cabezadita en su butaca. Por la tarde, acudía al bar Floridita o a La Bodeguita del Medio para cumplir con su “Mi daiquiri en el Floridita y mi mojito en La Bodeguita” mientras que apuntaba su peso en las paredes del baño.

Luego regresaba a casa, se preparaba un buen vaso de whisky y se colocaba ante su Royal portátil de nuevo para terminar esas frases pendientes de inspiración.

Hoy desde estas letras solo puedo recomendaros que sigáis las huellas de este gran escritor en el libro “Tras los pasos de Hemingway. En la Habana” de Ciro Bianchi Ross, todo un glosario de anécdotas y andanzas de este personaje que una vez sintió a Cuba como su propio hogar.

Pd: Una visita a este albúm de fotos de Ernest Hemingway también es obligada

Inside Ernest Hemingway’s Private Photo Album & Scrapbook

Anuncios
 
2 comentarios

Publicado por en 25 octubre, 2016 en Escribir y viajar

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

2 Respuestas a “Viajar y Escribir (III): Papá Hemingway y Cuba

  1. felipeportocarrero

    5 noviembre, 2016 at 3:51

    Querida Teresa;

    Muy bueno tu artículo sobre Hemingway, escritor que me interesa mucho, tanto por su obra como por su vida.

    Te mando otro, de Alberto Duque, periodista colombiano ya fallecido, titulado “Las historias de Hemingway”. Seguro que te gusta. No coincidís en la escopeta con que se suicidó…

    ¿Alguna obra suya que te guste especialmente? ¿Alguna novela en que aparezca el personaje? A mi me gustó “Adiós, Hemingway” de Padura.

    Cordiales saludos.

    Felipe Portocarrero

    [cid:0F22DFD6-D206-444A-9960-E00E49911349@Home]

    Victor de la Serna 15, 1ª Planta
    28016, Madrid
    Tel.: (+34) 610 252 000 / (+34) 91 413 74 78
    felipe@portocarrero.es

    Las historias de Hemingway

    por Alberto Duque

    Este sábado 2 de julio de 2005, amanecerá más temprano en la zona rural de Ketchum, Idaho y durante unos segundos, después de las 6.30 de la mañana, el tiempo parecerá detenerse para escuchar de nuevo, sobrecogido, el ruido salvaje de un disparo doble producido en esa misma fecha pero en 1961 por una escopeta Boss, británica, calibre 12, de dos cañones, comprada por su dueño en una tienda de Nueva York y accionada por la mano delgada, asustada y temblorosa de un hombre que, en ese momento, apenas tenía 62 años, sin cumplir, porque hubiera tenido que esperar hasta el 21 de julio.

    Parecen muy pocos años para contener la historia trepidante, emocionante, viva, ansiosa, tensa, violenta, agresiva, exhibicionista, espléndida, contagiosa, soberbia y magnífica de un hombre que con su muerte voluntaria aceptó y continuó la marca trágica de una familia que antes y después de él tuvo otros suicidas: su padre Clarence, su hermana Ursula, su hermano Leicester, su hijo Gregory y su nieta Margaux.

    Parecen muy pocos años para comprobar que la vida de Ernest Hemingway es una de las páginas más románticas y aventureras de todos los tiempos, señalada por novelas, cuentos y artículos periodísticos; un premio Nobel otorgado pero no recibido personalmente en 1954; tres hijos; cuatro esposas pacientes (Hadley Richardson, 1921-1927; Pauline Pfeiffer, 1927-1940; Martha Gelhorn, 1940-1945; Mary Welsh, 1946-1961); muchas guerras europeas; escandalosos amoríos con las más hermosas mujeres; trepidantes y discutidas temporadas de toros al lado de los más grandes como Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín; varios accidentes de aviación que le dejaron el cuerpo lleno de cicatrices; largas cacerías de animales grandes y pequeños; extenuantes jornadas en el Golfo de México detrás de los colosales merlines; encierros en sus casas de Ketchum, Key West y Finca Vigía y, por encima de todo, la convicción que siguen compartiendo millones de lectores en todo el mundo, que su lenguaje austero, despojado de adornos y artificios, en el puro hueso, ha sido uno de los aportes más valiosos a la renovación de la palabra escrita.

    Su muerte voluntaria, recordada este sábado 2 de julio de 2005, ocurrió un domingo luego de dos años infernales durante los cuales padeció y sobreviviò, aparentemente, a la presión galopante de su sangre, el alcoholismo crónico (en algunos y especiales y nostálgicos bares de La Habana, Nueva York, San Francisco, Madrid y París le ofrecen al cliente los cocteles “Hemingway” que mezclan frutas con ron o whisky, en un gesto de desafío al sabor, la lógica y la vida misma que en el caso de este hombre siempre fue una parranda de nunca acabar), los problemas cardíacos, el hígado enfermo, el cáncer de piel que le produjeron las insolaciones en el Golfo y otros mares, la depresión, la impotencia sexual y el insomnio que lo hacían ir de bar en bar, o caminar por los bosques en busca de un oso que lo despedazara piadosamente.

    Pero los osos y otras fieras le temían a ese hombre que parecía tener 80 años, arrastraba los pies, lucía descuidado en su aseo personal y tenía el aire solitario de los cazadores que muchas veces vieron salir el sol en las verdes colinas africanas, esperando la estampida de los elefantes, los pasos silenciosos de los tigres y leones, y el almizcle femenino de las fieras que lo contemplaban con los ojos cerrados, decidiendo si lo mataban ese verano o al siguiente, cuando regresara con sus mujeres ansiosas y excitadas, a las que penetraba de una sola acometida, sin caricias previas, ni rituales inútiles, ni palabras tontas. Como los machos capaces de dispararse dos veces una mañana de julio de 1961.

    Sus historias, publicadas en todos los idiomas incansablemente, son tan vigorosas y cargadas de tanta vida que han inspirado películas memorables: “Adiós a las armas”, 1932, de Frank Borzage y “Por quien doblan las campanas”, 1943, ambas de Sam Wood y con Gary Cooper, uno de sus mejores compinches;”Tener y no tener”, 1944, con un director y dos actores míticos, Hawks, Bogart y Bacall; “Los asesinos”, una de sus mejores historias, en 1946 dirigida por Robert Siodmak y 1964, por Donald Siegel; “Las nieves del Kilimanjaro”, 1952 más “Y ahora brilla el sol”, 1957, ambas de Henry King; “Adiós a las armas”, 1957, de Charles Vidor y la famosa “El viejo y el mar” de John Sturges, 1958, con Spencer Tracy, entre otras adaptaciones porque el cine y la televisión siguen utilizando sus historias no siempre con la mejor suerte.

    Este sábado 2 de julio de 2005 el mundo parecerá detenerse después de las 6.30, recordando cómo esa misma mañana de 1961, el abuelo de Margaux se levantó silenciosamente, salió de la habitación pequeña que ocupaba en la parte trasera de esa casa grande (la esposa dormía en la alcoba principal del segundo piso), bajó al sótano, buscó las llaves del armario donde guardaba las armas de cacería, tomó la escopeta Boss, la cargó con varios cartuchos, entró a la casa de nuevo, se apoyó contra una de las paredes, apretó los dos gatillos y le sonrió a la muerte que, una vez más, se lo encontraba en esos 62 años.

    Mary se despertó en su cama con los disparos que sonaron como una puerta cerrada violentamente. Cuando bajó al vestíbulo se encontró con los restos que durante más de cinco horas serían recogidos, limpiados y desechados por tres de sus mejores amigos de boxeo, tragos y cacerías: George Brown, Don Anderson y Looyd Arnold, quienes juntaron con lágrimas, dolor y mucho amor los dientes, los huesos, la piel, los pelos, las uñas y la sangre untados en el suelo, las paredes y el techo. Parecía la escena de una de sus novelas y cuentos, en una aldea africana, con un cazador desesperado porque la gangrena de su pierna era insostenible.

    Todos los años miles de seguidores de Hemingway visitan Ketchum, Idaho, quizàs buscando el olor de la sangre o el ruido de los dos disparos, o acuden a la cita del barrio habanero de San Francisco de Paula, donde la casa de Finca Vigía se viene abajo porque el gobierno de Estados Unidos impidió que los cubanos recibieran una donación para restaurarla de urgencia, o pasan por Key West donde la casa donde él también escribió, está tomada por una colonia de jóvenes homosexuales que leen sus libros mientras hacen el amor y escandalizan a las vecinas pudorosas.

    Lo recordaremos (hemos estado varias veces en Finca Vigía, comprobando que sigue muy vivo para los cubanos y guardamos junto a este computador y las fotos de Ernesto Guevara, Frida Kahlo, los directores y actores entrevistados en otros países, Rocamadour, Margarita, Olga Helena, Mario Gabriel, Alejandra, Alicia, Gabriela, Thomas, Miguel Alberto, Pablo, Roberto y Dorita, Orlando y Marta, entre otros amores, guardamos, la foto espléndida de 1960 cuando el viejo posó junto a un orgulloso Fidel Castro en la marina que ahora lleva su nombre), lo recordaremos este sábado por lo que ocurriò un domingo, en pleno verano, con un calor parecido al de Pamplona y sus encierros, al de las trincheras españolas, francesas e italianas, al del hotel Ritz en París o al de la corriente azul de los merlines en el Golfo, o el calor del cuerpo abierto y sudoroso de Ava Gardner esperando ser atravesada por un hombre que nunca amó a nadie porque su corazón y su sexo estaban enredados con la palabra escrita.

    Ese domingo 2 de julio de 1961, a las seis de la tarde, Hemingway recibiría el mejor homenaje que podía brindarle uno de sus mejores amigos: Antonio Ordóñez le brindó uno de los toros de su corrida, mientras miles de aficionados en Las Ventas guardaban un silencio profundo, mortal, oscuro, tratando de entender por qué, cómo, dónde y cuándo, si ese hombre era el símbolo inequívoco del seductor, el bebedor, el cazador, el mujeriego, el parrandero, el escritor que vivió la vida hasta el fondo, altanera, orgullosa y sensualmente. No en balde dos días antes del suicidio, en la cama del hospital donde estuvo recluìdo varias semanas, recibiendo choques eléctricos e inyecciones tremendas, escandalizó a médicos, enfermeras y pacientes, habia fornicado con su mujer como una prueba de que seguía vivo o, supuestamente, querìa seguir viviendo. Mentira.

     
    • Editorial Chocolate

      5 noviembre, 2016 at 10:53

      Muchas gracias Felipe por tu comentario! Me alegro mucho que te haya gustado 😉

      Es el primer escritor que he preparado este año con la temática “Viajar y escribir” para mis alumnos. Si me recomiendas algún autor que te guste especialmente relacionado con los viajes, te lo agradecería.

      Lo de la escopeta lo saqué del libro que leí pero lo miraré en más sitios para verificar cual era el modelo exactamente. Lo que contaban también en ese libro es que se disparó con el dedo del pie apoyando la culata en el suelo, no en la pared como dice el periodista colombiano, pero bueno, me imagino que eso son detalles morbosos que no deben enturbiar la vida y genio de este gran personaje.

      De él solo he leido por ahora “El viejo y el mar” pero me apunto tu sugerencia!!
      El libro que menciono sobre su vida es de Ciro Bianchi y me parece muy interesante, porque es cortito pero está lleno de fotos y anécdotas de Hemingway en su etapa de Cuba y creo que te podría interesar.

      Por cierto, te mandé hace unas semanas un correo para cuando tengas tiempo me gustaría tomarnos un café y hablar contigo para que me aconsejeras sobre mis cuentos.
      Ya me dices!!
      Un abrazo,
      Tesa

       

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: